Al final no queda nada
1
El aire fresco te recorre la nuca mientras desciendes las escaleras del metro. Peldaño a peldaño bajas tomada del barandal para no caerte. Tus manos se empiezan a adormecer a causa del rocío que cubre el metal helado. Aún quedan un par de docenas de escalones que te separan del andén. A lo lejos ves tu hospital, el lugar al que llegas con los ánimos menguados por una noche de mal sueño. Bostezas varias veces y más de uno nota cómo tus párpados se caen de sueño. Rehaces el mismo camino de diario. Antes de llegar a la estación te acercas a las puertas automáticas; te escabulles entre los bolsos y axilas de los demás pasajeros hasta colocarte donde debes estar. Apenas se abre la puerta y das un paso rápido y certero que te saca del metro; sigues hasta llegar a la explanada, tratas de no pisar los charcos de agua sucia para llegar a la puerta principal.
Delante de ti hay ocho personas más, casi siempre las que van contigo en el mismo vagón de metro. Tratas de llegar temprano, lo suficiente para no perder toda la mañana en hacer fila. Detrás de ti, una línea de trabajadores se comienza a dibujar hasta la salida. Nunca tardas más de cinco minutos en apuntar tu asistencia; apenas dan las siete de la mañana y se acredita la hora de entrada. Una luz verde aprueba tu huella del pulgar, saludas a la guardia de seguridad que sigue sentada donde mismo y desayuna su chocolate con pan. Pronuncias las mismas palabras de todos los días sin darte cuenta. Sigues caminando, subes hasta el cuarto piso por las escaleras, nunca tomas el elevador por falta de tiempo y te obligas a subir por tu propia cuenta. Con los años esos peldaños te han ganado la partida: constantemente te roban el aliento al llegar a tu área de trabajo. Las rodillas duelen y tiene que ver un poco con tu sobrepeso, y con las pocas ganas de salir a ejercitarte. Diez años no pasan en balde al final del día.
–¡Luisa! –exclama tu jefa desde lo lejos del pasillo.
Escuchas el repiqueteo intenso de unos tacones que emerge desde el fondo de un pasillo, no te inmutas al escuchar tu nombre porque sabes que se trata de ella. El suelo se calma y volteas para encontrarte con su cara enrojecida, disimulando las gotas de sudor de su frente tras su imagen pulcra. Le miras la cofia tan grande como una corona que hace juego con su cara rubicunda. Sonríes al acordarte de que esa es la razón por la cual le llaman la Reina roja. Le miras acomodarse el saco verde que apenas y esconde los rebordes de su vientre cada vez más abultado, El resto de su ropa es blanca y sin gracia, como ella.
–Dígame, jefecita. ¿Qué pasó? –respondes sin ánimos, tratando de esconder el cansancio.
–Necesito que te quedes con los pasillos uno y dos –pronuncia mientras la ves apuntar algo en su libreta de mano.
–Pero, jefa, yo ya tengo el dos. Apenas iba a pasar visita. El pasillo uno le toca a Cheli.
–¿Y? Me acaba de hablar que no va a venir. Se siente mal, o su mamá está enferma, no sé, no me importa, el punto es que no va a venir. Ahora te tocan esos dos. Y ya, es todo. ¡A trabajar!
Las ves huir por los pasillos, gritando el nombre de alguna otra compañera mientras se dirige en su dirección y el repiqueteo de los tacones se desvanece a lo lejos. Ya no te detienes a apelar lo que consideras injusto; con lo de hoy, es la cuarta vez en el mes que tienes que sacar el trabajo de alguna de tus compañeras que decide no ir a última hora.
Con el tiempo has perfeccionado tu arte: haces de tus actividades algo mecánico, continuo, que, a pesar de que en ocasiones es molesto, tiene una que otra cosa buena. Ya ni te das cuenta de lo rápido que acaba el día.
Empiezas a atender a los ancianos olvidados, mientras tratas de eludir el hedor de las heces que explotan en la habitación apenas empiezas a cambiarles los pañales. Los viejos se quejan cuando los mueves mucho, todo les duele, mientras que otros ya no saben ni en qué planeta están. Después te vas a las habitaciones con aquellos que tienen algún drenaje pegado al cuerpo, cuidando no derramar los botes llenos de fluidos corporales. Dejas al final a los niños, que te esperan cautelosamente, asomándose por la ventana apenas tienen oportunidad. Cuando escuchan andar tu carrito metálico repleto de equipo de curación, algo cambia en el aire. Dejan de hacer sus cosas para poner atención a la puerta, el cambio es inmediato al verte, se inquietan, y la mayoría se pone a llorar.
Al acabar tus rondines, te dejas caer vencida sobre una silla en la central de enfermería. A tu lado se encuentran dos de tus compañeras, sentadas en el mismo sitio sin moverse desde que fuiste a hacer tus rondines. No te preocupa si tienen o no su trabajo listo. Las escuchas platicar, reírse mientras mastican sus frituras con la boca abierta; más de una vez escupen restos de comida y de refresco cuando sueltan una carcajada porcina.
Todo ese ruido provoca que te den ganas de gritarles que se callen. Recuerdas a Gabriel y cómo es que él te lo dice de vez en cuando: “Cállate de una puñetera vez”. Aunque con sólo pensarlo crees que es suficiente. No es todo tan malo con tu gordo, lo piensas mientras se te dibuja una sonrisa sin darte cuenta.
Tus párpados se caen solos, sientes como si una basurita se metiera en tus ojos y estos se pusieran llorosos y rojos. El constante sonido de las bombas de infusión logra despertar tu migraña. Ese ruido ha estado presente toda la mañana y apenas ahora, casi al final de tu jornada, le da por afligirte con esa sensación que te aprieta la cabeza por las orillas como una diadema, y la comprime hacia adentro; la luz se vuelve caliente y escondes la mirada con tal de no soportar su brillo. A lo lejos por los pasillos escuchas las bombas con su característico “Pip” agudo que se repite sin cesar hasta volver loca a la gente: “Pip, pip, pip, pip, pip”.
Cierras los ojos por un instante, deseando que se acabe el día y que puedas ir a casa a descansar, a estirar las piernas sobre la mesa de centro y ver la televisión con tu gordo. Descansas tu rostro sobre el escritorio que tienes frente a ti, acomodándote hasta que tus propios brazos te privan de lo demás y te dejan dormir.
Un jaloneo te toma por sorpresa. Al darte cuenta de que se trata de la Reina roja terminas por despabilarte y fingir que siempre has estado alerta. La ves parada frente a ti, poniendo la misma mirada de reproche de siempre, con los ojos arqueados, separados apenas por su nariz de sapo y sus labios fruncidos. Esperas a que diga algo, pero en su lugar se para a juzgarte con la mirada. Tus compañeras siguen sentadas, pero ya no comen, las tres no te quitan la mirada de encima, notas cómo la gente que va pasando por el pasillo también se te queda mirando.
—¿Qué pasa? ¿Por qué se me quedan viendo? No estaba dormida —mientes.
Ves a la Reina roja abrir la boca, mover los labios sin decir nada. Piensas que te está tomando el pelo. No sería la primera vez que hace algo así. Recuerdas que a una de sus amigas le apagó la luz del baño y le puso llave.
—Ya dígame, jefa. No esté jugando. Ya acabé mi trabajo, no es para tanto.
Vuelves a tus tareas apenas se van de tu lado. Crees que te sigue tomando el pelo mientras abre la boca como un mimo hasta hartarse. Finalmente se va y te deja sola. Las otras dos se paran y se van a pasar visita mientras llenas con calma el resto de tus reportes.
Algo en tu interior empieza a crecer, un ardor en el pecho que se apodera del resto de tu cuerpo y notas que nadie te ha molestado en casi una hora, ni tampoco ha pasado algún familiar a hacerte una pregunta estúpida. El dolor de cabeza se ha ido y la luz ya no te molesta. Las bombas de infusión no suenan, los pacientes no se quejan, los niños no lloran, los retretes no hacen ruido, tu voz, al parecer, tampoco.
2
La gente cree que cuando un sentido deja de funcionar, los demás automáticamente se agudizan, pero en tu caso tardaron semanas en que te percataras de estos cambios. Con las semanas empiezas a notar que ciertos estímulos que antes pasaban desapercibidos dejan de ser invisibles. Lo menos importante, lo que había estado ahí en un segundo plano como una tela transparente, se convierte en una imagen, en una sensación concreta.
La vibración de los autos que pasan frente a tu hogar provoca que las paredes de la casa se agiten, a pesar de que la percepción sea minúscula, tus manos y tus pies captan las prisas de aquellos que van a destiempo y casi siempre terminan por despertarte.
Duermes a oscuras, porque ya no soportas la luz rampante del alba que amenaza por tus ventanas. Estiras la mano al otro lado de la cama y tu brazo se topa con la sábana desnuda. Gabriel no está. Han pasado días desde que lo viste por última vez. Te enfundas las pantuflas y tu bata de baño y vas a desayunar en la comodidad de la cocina. El desayuno apenas te sabe. Un resfriado común termina por robarte lo poco de felicidad que te da el comer un cereal con fruta; no queda otra cosa que la sensación refrescante de la leche escarchada recorrer el esófago hasta asentarse más abajo. Las hojuelas crujientes se mojan y saben a un engrudo encartonado; el plátano también lo tragas como una papilla que lleva consigo la sombra de su sabor dulce.
Te topas con la cajetilla de cigarros que dejó Gabriel sobre la mesa antes de irse y te da por prender uno. Normalmente no fumas. Te sabe bien, la gripa no te quita su sabor a alquitrán ni el recuerdo de las noches a su lado.
Sales al patio de tu casa a recoger las hojas del árbol de limones. El viento de agosto se empeña en hacerte trabajar aun en tu licencia por enfermedad. Apilas las hojas con el recogedor mientras ves a Matilde, tu gata gris, jugar con los limones caídos. Guardas las hojas en bolsas negras para luego tirarlas. Mientras te limpias el sudor, recuerdas que eso era trabajo de él y ahora te toca hacerlo. Antes de seguir lamentándote, ves a Matilde parar oreja para luego huir a prisa con sus patas blancas, sin dejar rastro de su huida hacia la calle de atrás. Los perros del vecino se asoman a la reja de la entrada y no paran de ladrar. El vecino con una sonrisa apenada se los lleva a tirones y articula palabras que no alcanzas a escuchar, pero asumes que son disculpas por su cara trémula y sonrosada. Después de tanto trabajo crees que te mereces un descanso y te guardas en el interior de tu sala para ponerte a ver una película.
La escena empieza con una esposa preocupada al enterarse que su pareja se ha quedado ciega. Al principio cree que está jugando, o eso percibes. Te identificas con él, la gente tampoco te cree tan fácil, menos tu hermana y Gabriel. La luz blanca que opaca la pantalla te hace pensar que eso pasa. Los subtítulos te confirman algunas cosas, como que el señor que ayudó al coreano ciego al inicio de la película, le robó el carro sin que se diera cuenta.
La enfermedad se desprende como un virus y todos se vuelven locos. Es inevitable cuestionarte si lo que te pasó a ti, le puede pasar a los que han estado en contacto contigo. ¿Cómo estaría tu hermana, Gabriel, tus compañeras del trabajo…? ¿También le podría afectar a los animales? Pobre de tu Matilde, te persignas y esperas que nada le pase a tu gatita.
La oscilación de las cortinas te hace voltear a la ventana abierta. Pasmada, te desconectas de tu alrededor sin darte cuenta y lo único que queda es la imagen a través del cristal. Las gotas de lluvia se estrellan contra el vidrio, las ves caminar hasta encontrarse con la ventana entreabierta, que las deja pasar por debajo. Las hojas que habías recogido se elevan en el aire por las ráfagas de viento y parecen danzar a un tono de música grácil. Aquello no molesta, aunque tu esfuerzo haya sido en vano, tampoco te incomoda ese pequeño riachuelo que se filtra por la ventana. Sería una pena pararte a cerrarla. Ya no verías igual la lluvia, ni sentirías el hilo refrescante escabullirse por la sala. A un lado la televisión sigue reproduciendo la película a todo volumen. Te da por seguir mirando por la ventana y no tanto la televisión que, desde tu accidente, no te sabe igual, en especial porque no tienes con quién verla y el silencio nunca te ha venido del todo bien. Se va oscureciendo por la hora, las hojas van perdiendo color, se vuelven opacas mientras la lluvia arrecia y el hilo de agua que se chorrea por tu ventana empieza a crecer al grado que te obliga a cerrarlo. Te recuestas en el sofá y das una última mirada antes de que todo se vuelva negro.
3.
Mueves los brazos de arriba a abajo de manera inconsciente, al mismo tiempo que caminas de un lado a otro por toda la casa. La frente te suda y el ojo derecho es víctima de un espasmo que te agobia incontables veces sin que puedas detenerlo. Te miras en el espejo, tu ojo entrecerrado pone en duda que esa molestia sea pasajera.
–¡Por el amor de Dios, Gabriel! Sólo te encargué una cosa. Voy a llegar tarde al trabajo, no me puedo ir así.
—Sí, sí, sí, al rato lo arreglo –responde sin separar la mirada del televisor.
—Es que no entiendes, por eso te dejé el dinero.
—Si, ya sé. Ya te dije que al rato lo arreglo.
—Al rato no me sirve, Gordo. Siempre es lo mismo. ¿Hasta cuándo me harás caso?
—Ya, vieja, no es para tanto. Si tanto lo necesitabas lo hubieras hecho tú en lugar de jetearte toda la mañana. Ya deja de ir y venir, me mareas.
—¡Eso me faltaba! Tú no estabas haciendo nada, carajo. No haces nada en todo el pinche día.
Gabriel, con la espalda más recostada sobre el sofá que otra cosa, se levanta de mala gana. Tambaleándose hasta tenerlo de frente, lo ves más alto y fornido que de costumbre, a pesar de que su estómago frondoso sea su principal característica. El hedor a alcohol y alquitrán te inunda la memoria.
—Eso me faltaba, que, en mi propia casa, mi vieja me falte al respeto.
—Cabrón, es mía. Yo la pag…
4.
“¿Qué hiciste, Wicha? Gabriel está emputadísimo”. Lees el mensaje de texto de tu hermana en medio del metro. Tocas tu mejilla con fiebre y le respondes sin perder tiempo. “Cómo que qué, es su culpa. ¿A parte a ti quién te contó?”. Te quedas pendiente de los tres puntos suspensivos de la pantalla. Tu hermana sigue escribiendo, pasas un par de estaciones y continúa sin decir nada, al final no responde. Suena la penúltima parada y te acomodas para bajar en la siguiente.
5.
—Deja de jugar, Wicha. Me hiciste venir hasta acá —te dice tu hermana, sin que la puedas entender.
Ni siquiera la habías visto acercarse, mientras tú sigues sentada con los pies colgando de las sillas del trabajo social de tu hospital. Ves a tu hermana hablar con la licenciada. Su cara se relaja un poco y el fastidio se pierde lo suficiente como para desplegar un gramo de preocupación. Te manda un mensaje desde su celular.
—¿Neta no escuchas? —piensas que fue lo mejor que se le ocurrió.
Asientes con la cabeza como niño regañado. Y ella dice algo, ves los labios y crees entenderle un “chale” y alzas los brazos.
6.
¿Hace cuánto no sabes nada de Gabriel?, o de tu hermana. Gabriel no contesta los mensajes que le dejas. A veces, tomas tu celular y marcas su número. No sabes si realmente está marcando o directamente te manda a buzón. Sólo logras ver una pantalla con su nombre y una foto de los dos. Erika contesta todos los mensajes, aunque a veces tarda días. Según ella está ocupada con cosas que hacer y sin tiempo de venir a verte. Algunas veces te dice que dejes de buscar a Gabriel. Que no seas así de rogona. Nada bueno viene de eso.
7.
El cuerpo afelpado de Matilde termina por levantarte. Tus ojos los sientes hinchados sin saber por qué, la boca seca te obliga a ir a la cocina. Pones la tetera sobre la flama intermedia y recorres la casa en busca de tu pijama que te ayude a mitigar el frío. Matilde va y viene, siempre ha sido así y ahora que no puedes escuchar el cascabel de su collar, es casi imposible notar su presencia, aunque se encuentre dormida bajo el sofá. Te sientas a fumar el último cigarrillo de Gabriel. Sólo entonces, cuando estás por terminar tu cigarro, es que lo entiendes al percibir su aroma en la ropa olvidada de tu hermana.
Tomas tu teléfono y marcas su número por última vez. Sabes que es inútil acercarte el aparato a la oreja. Lo dejas sobre la mesa de centro y esperas que de repente un contador se active, dándote a entender que alguien ha respondido al otro lado de la línea. Un “pip” agudo, te toma por sorpresa. Te escondes en una esquina del sofá con las piernas recogidas, sin saber qué ha pasado, Matilde maúlla y sale corriendo. Pip, pip, pip, empiezas a escuchar en tu cabeza. La llamada se corta, se termina sin que alguien pueda responder. Vuelves a marcar ahora con el auricular bien puesto sobre una de tus orejas. Te diriges a la cocina a prepararte un té. La noche es aún joven y no piensas descansar hasta que alguien te conteste.
Entras a la cocina con el cigarro en la boca, como tantas veces lo hizo Gabriel. Ves la tetera de metal derramada sobre la estufa con la flama extinguida. Detrás de ese descuido, el hedor a gas te inunda con una fetidez mortuoria. Lo vuelves a entender muy tarde: no has podido dejar a tiempo todo aquello que te hace daño. Una luz blanca y cálida te abraza de repente. Tu cuerpo ligero no logra distinguirse sobre el suelo. Sólo queda el recuerdo de un sonido agudo que se repite “Pip, pip, pip, pip, pip”.
Sobre el autor.
Emmanuel Montes Ledesma nacido en la ciudad de Matamoros, Tamaulipas. Su vida transita entre dos mundos aparentemente distantes, pero a lo vez profundamente humanos: la medicina y la literatura. Anestesiólogo de profesión, encontró en la escritura una segunda vocación que le permite explorar más allá del cuerpo y de la enfermedad.
Con una formación literaria forjada a través de diversos cursos y talleres de escritura creativa, ha participado en múltiples antologías de cuento, consolidándose como una voz emergente dentro de las letras del noroeste de México. En 2024 publicó su primer libro de cuentos, Al final no queda nada (Editorial Funámbulo), una obra que refleja su mirada particular sobre la condición humana y la fragilidad del cuerpo.